La historia del riojano que busca revivir productos de su tierra

Frente a la cordillera de los Andes, un sol de otoño asoma entre entre corrales de pircas que quedaron en el tiempo. A poco de ahí, la Cuesta de la Troya se suma a un espejo de agua, a 4200 metros de altura sobre el nivel del mar, llamado Laguna Brava.

Con ese escenario natural comenzó la historia de Karim Rearte en Villa San José de Vinchina. De chico, a pesar de las enormes necesidades económicas, junto a sus ocho hermanos disfrutaba de su niñez.

Todos los días, caminaba cinco kilómetros durante una hora y media para llegar a la escuela. En una mano llevaba los útiles y en la otra una leñita para calentar el aula durante el invierno andino. Mientras tanto, su madre trabajaba en la municipalidad del pueblo de menos de 2000 habitantes y con eso mantenía el hogar.

Tenía 10 años cuando su madre falleció y, por pedido de ella antes de morir, todos los hermanos quedaron al cuidado de un vecino de nombre Juan Arancibia. “Ese momento de la vida me enseñó a ser fuerte porque tenía que salir adelante. Cocinaba para mis hermanos y experimentaba con lo poco que tenía en la alacena”, cuenta a LA NACION Karim de 28 años.

Karim Rearte junto a sus hermanos, en la vereda de su pueblo
Karim Rearte junto a sus hermanos, en la vereda de su pueblo

Luego de terminar la secundaria, se marchó a la capital riojana a estudiar artes plásticas. Al no conseguir trabajo con ese oficio, regresó a su pueblo, hizo un curso de guías de turismo y comenzó a trabajar en la Cooperativa de Guías Laguna Brava. Allí, el trato con los turistas le advirtió la falta de productos regionales gastronómicos que los visitantes buscaban.

Empezó a fabricar y vender el patay, una especie de tableta dulce compacta hecha de harina de algarroba que comían los aborígenes y la gente de trabajo de antes. Pero los turistas no aprobaron el producto.

Su situación económica no mejoraba y decidió volver a la capital a trabajar en un minimarket. Todas los días observaba a los repositores que una y otra vez colocaban en las góndolas cajas de alfajores industriales.

Todavía realiza los alfajores en la cocina de sus suegros, pronto tendrá lo hará en su fábrica
Todavía realiza los alfajores en la cocina de sus suegros, pronto tendrá lo hará en su fábrica

Un poco testarudo y, con esa idea permanente de vender y potenciar los productos de su tierra, quiso intentar una vez más: se le ocurrió hacer un alfajor de patay y otro de cocho.

Siglos atrás, el cocho era un alimento utilizado por los arrieros, quienes en sus largas travesías hacia Copiapó en Chile , podían conservarlo por largos periodos sin que se arda: “El cocho, harina de trigo tostada, lo cocinaban con agua y azúcar, o con leche. Lo tomaban caliente y eso les saciaba el hambre”, explica.

El paso de Pircas Negras en Vinchina era el camino obligado de esos troperos que llevaban ganado vacuno. “Lo cierto fue que cuando apareció la cámara frigorífica en el país vecino terminó con la actividad de los arreos, el consumo de cocho disminuyó y los molinos harineros de mi pueblo fueron cerrando”, se lamenta.

En casa de sus suegros, junto a Natali, su mujer, comenzó a hacer pruebas y más pruebas para dar con el gusto exacto para que los productos no se tornen tan empalagosos. Experimentaba con sus amigos hasta que conseguió el alfajor que quería.

El año pasado, durante la realización de la feria del libro provincial, decidió presentar su alfajor regional. La muestra le tenía preparado una grata sorpresa: no solo exhibió el producto sino que en esos tres días que duró el evento, vendió toda la producción que tenía disponible.

Luego de ese éxito empezó a vender a San Juan , Córdoba , Mendoza y Catamarca , pero lo detuvo la imposibilidad de cumplir con la alta demanda.

Por este motivo, préstamo mediante, compró máquinas y, en el garage de la casa de sus suegros con quienes viven, empezó construir la fábrica. Además reflotó un viejo molino harinero familiar abandonado que funciona con energía hídrica en donde hace su propia harina de cocho.

Proximamente,”El Capayán” (así lo llamó en honor al pueblo indígena que vivía en el lugar) lanzará al mercado cinco tipos de alfajores: cocho con membrillo, con dulce de leche, de patay con dulce de leche, de macote (algarroba tostada) y el clásico a base de cacao tostado y arrope de uva. Piensa producir 500 docenas de alfajores por semana. “Lo único que quiero es que esos productos autóctonos, tan de nuestra tierra, no desaparezcan”, concluyó.